jueves, 21 de marzo de 2013

 

Desconfianza

Voy a la verdulería. La persona que atiende es una mujer, embarazada, y tiene un acento al hablar suave, y una mirada franca. Hoy su local reluce por lo acomodado y lustroso, más que en otros días. Seguramente ya ha acomodado durante la mañana los cajones de mercadería que ahora relucen exhibidas. Tengo calor con abrigo de temporada primaveral, y entro a comprar algo de fruta y verdura. El local esta sólo para mi, no hay otros clientes en ese momento. Advierto, no obstante, una mujer que envuelve huevos en un costado: parece tratarse de alguien que la ayuda cada tanto. No retengo en mi memoria su fisonomía. A veces me genera incomodad el mirar a los ojos, o apreciar cómo es una persona, pues creo que es algo que suele importunar en situaciones tan ocasionales. Hoy los hijos pequeños de la dueña, que suelen pasar una buena cantidad de horas allí, jugando y haciendo la tarea para la escuela, no están; tampoco su pareja, un hombre que llega en motocicleta por la nochecita, y en la misma se la lleva a ella cuando cierren su comercio.

Luego de saludarnos con una confianza distante pero amable, miro las frutas y de memoria le pido bananas, naranjas, albahaca, tomates peritas, y manzanas verdes. En eso se aproximan dos muchachos, que lleguen a la puerta del local, no entran, y esperan a ser atenidos allí fuera, como si se tratase de un acuerdo previo. La vendedora los ve. Me sigue atendiendo como si ellos no estuviesen. Ella los ve, Ellos la saludan y le piden mandarinas…en eso la mujer que estaba envolviendo huevos va hacia la puerta, les ofrece mandarinas, y consulta a la distancia el precio con la dueña. Los muchachos le piden, desde fuere del local, unas más baratas. Alcanzo a escuchar que son los que venden flores –supongo entonces que han de ser unos muchachos que cargan en cajones macetas descartables con flores y plantas de estación, ofreciéndolas al paso y casa por casa.

Resulta curiosa para mí, que al retirarme, ellos entran en el local, a modo casi de hacerme lugar para que yo pudiera salir. No tengo dudas de la sensación que tuve: la dueña busca mantener una distancia con ellos. No tenía esa amabilidad que un cliente espera. A la vez, estos dos muchachos, tampoco parecían sentirse muy identificados con la ocupación ocasional que implica ir de compras esperando buen trato. La mujer que ayudaba a la dueña ya la he olvidado. Me ha ganado la sensación de inseguridad. Un posible entredicho, dos hombres contra dos mujeres. Es verdad, el local ubicado en esquina por al que pasan mucha gente, y en un horario que puede entrar clientes, me hace pensar que no habría lugar para el maltrato. Pero claro, eso no alcanzaba para dar una tranquilidad más plena. Pensé en volver. Pero regresé al final a mi departamento. Con esta sensación,  de ayudar, de una posible omisión, así como de una gran paranoia.

Vivo a unos cincuenta metros de la verdulería, en un edifico, donde alquilo un departamento. Al llegar, me quedé con esa extraña sensación. Salí luego al balcón, desde dónde puedo aprecia parcialmente el negocio. No percibo nada extraño. Hay una inusual paz, y menos ruido del habitual, menos colectivos y micros de larga distancia pasan en este momento por esta zona, la de la terminal de ómnibus, de la ciudad en la que vivo. Quizás un disgusto y no más que eso. No me lo creo. Pienso en colgar esta experiencia cotidiana en algún blog, o una red social. Me vuelvo al negocio de la esquina, veo a la mujer en su local atendiendo, como otro día más. La vida me dio otra oportunidad.