Desconfianza
Voy a la verdulería. La persona que atiende es una mujer,
embarazada, y tiene un acento al hablar suave, y una mirada franca. Hoy su
local reluce por lo acomodado y lustroso, más que en otros días. Seguramente ya
ha acomodado durante la mañana los cajones de mercadería que ahora relucen
exhibidas. Tengo calor con abrigo de temporada primaveral, y entro a comprar
algo de fruta y verdura. El local esta sólo para mi, no hay otros clientes en
ese momento. Advierto, no obstante, una mujer que envuelve huevos en un costado:
parece tratarse de alguien que la ayuda cada tanto. No retengo en mi memoria su
fisonomía. A veces me genera incomodad el mirar a los ojos, o apreciar cómo es
una persona, pues creo que es algo que suele importunar en situaciones tan
ocasionales. Hoy los hijos pequeños de la dueña, que suelen pasar una buena
cantidad de horas allí, jugando y haciendo la tarea para la escuela, no están;
tampoco su pareja, un hombre que llega en motocicleta por la nochecita, y en la
misma se la lleva a ella cuando cierren su comercio.
Luego de saludarnos con una confianza distante pero amable,
miro las frutas y de memoria le pido bananas, naranjas, albahaca, tomates
peritas, y manzanas verdes. En eso se aproximan dos muchachos, que lleguen a la
puerta del local, no entran, y esperan a ser atenidos allí fuera, como si se
tratase de un acuerdo previo. La vendedora los ve. Me sigue atendiendo como si
ellos no estuviesen. Ella los ve, Ellos la saludan y le piden mandarinas…en eso
la mujer que estaba envolviendo huevos va hacia la puerta, les ofrece
mandarinas, y consulta a la distancia el precio con la dueña. Los muchachos le
piden, desde fuere del local, unas más baratas. Alcanzo a escuchar que son los
que venden flores –supongo entonces que han de ser unos muchachos que cargan en
cajones macetas descartables con flores y plantas de estación, ofreciéndolas al
paso y casa por casa.
Resulta curiosa para mí, que al retirarme, ellos entran en
el local, a modo casi de hacerme lugar para que yo pudiera salir. No tengo
dudas de la sensación que tuve: la dueña busca mantener una distancia con
ellos. No tenía esa amabilidad que un cliente espera. A la vez, estos dos
muchachos, tampoco parecían sentirse muy identificados con la ocupación
ocasional que implica ir de compras esperando buen trato. La mujer que ayudaba
a la dueña ya la he olvidado. Me ha ganado la sensación de inseguridad. Un
posible entredicho, dos hombres contra dos mujeres. Es verdad, el local ubicado
en esquina por al que pasan mucha gente, y en un horario que puede entrar
clientes, me hace pensar que no habría lugar para el maltrato. Pero claro, eso
no alcanzaba para dar una tranquilidad más plena. Pensé en volver. Pero regresé
al final a mi departamento. Con esta sensación,
de ayudar, de una posible omisión, así como de una gran paranoia.
Vivo a unos cincuenta metros de la verdulería, en un edifico,
donde alquilo un departamento. Al llegar, me quedé con esa extraña sensación.
Salí luego al balcón, desde dónde puedo aprecia parcialmente el negocio. No
percibo nada extraño. Hay una inusual paz, y menos ruido del habitual, menos
colectivos y micros de larga distancia pasan en este momento por esta zona, la de
la terminal de ómnibus, de la ciudad en la que vivo. Quizás un disgusto y no
más que eso. No me lo creo. Pienso en colgar esta experiencia cotidiana en
algún blog, o una red social. Me vuelvo al negocio de la esquina, veo a la
mujer en su local atendiendo, como otro día más. La vida me dio otra
oportunidad.